
15/10/2026 8:47:40
Línea Verde
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Unas 12.000 especies exóticas viven hoy en suelo europeo, según los inventarios que manejan los científicos del continente. Es una cifra aproximada, pero da idea de la escala: una parte importante de lo que crece, nada o vuela a nuestro alrededor no estaba aquí hace unos siglos. La mayoría de esos recién llegados no causa problemas graves. Solo una fracción, entre ellos algunos nombres muy conocidos, se comporta de un modo que cambia las reglas del juego: son las especies invasoras.
Conviene distinguir bien los términos. Una especie exótica es la que vive fuera de su área natural gracias a la mano humana, de forma voluntaria o accidental. Se vuelve invasora cuando prospera tanto que desplaza a las autóctonas o altera el funcionamiento del ecosistema. El tomate, que no es europeo, no invade nada. El mejillón cebra, sí.
Las rutas de entrada son más variadas de lo que parece. Muchas especies viajaron como polizones: el mejillón cebra, originario de la región del mar Negro y el Caspio, se desplaza en el agua de lastre de los barcos y en los cascos de las embarcaciones. Una vez instalado en un embalse, tapiza tuberías, compuertas y rocas.
Otras llegaron por la puerta grande. El jacinto de agua, una planta flotante de flores lilas preciosas, se difundió como ornamental de estanques y acuarios. Hoy forma alfombras compactas en ríos como el Guadiana, donde ha obligado a emprender campañas de retirada. El visón americano y el cangrejo rojo americano llegaron por criaderos con fines comerciales, y de allí se escaparon o fueron liberados.
Y hay un tercer grupo, el de las mascotas abandonadas. La tortuga de Florida, que se vendía diminuta en las tiendas, crece, se vuelve incómoda y acaba en un estanque o en un río, donde compite con el galápago europeo por soleaderos y alimento.
La clave suele estar en lo que se queda atrás. En su tierra de origen, cada especie convive con depredadores, parásitos y competidores que mantienen a raya su población. Al llegar a un lugar nuevo, a menudo deja ese cortejo de enemigos en el otro extremo del mapa y encuentra un terreno despejado.
A veces el ecosistema local no sabe, además, cómo defenderse. El cangrejo rojo americano porta un hongo, la llamada afanomicosis, al que él resiste bien pero que resulta letal para el cangrejo de río autóctono ibérico, cuyas poblaciones se han desplomado en buena parte de la península. No hace falta que el invasor se coma a nadie: puede bastar con lo que lleva encima.
Entre las especies invasoras, las plantas juegan sus propias bazas. La caña común, el eucalipto o el plumero de la Pampa crecen rápido, producen muchísimas semillas y toleran suelos pobres. El plumero, con sus penachos blancos tan vistosos en jardines y taludes, es un buen ejemplo de planta bonita que se escapa con facilidad.
No todos los ecosistemas sufren igual ante las especies invasoras. Las islas son el caso más estudiado, porque sus especies evolucionaron en aislamiento, sin grandes depredadores ni competidores, y carecen de defensas. En Canarias y Baleares, introducciones como las del gato asilvestrado, la rata o la culebra real de California han puesto en apuros a reptiles y aves endémicos. En las Baleares, la llegada de la culebra bastarda y la de la culebra de herradura, vinculadas a la importación de olivos adultos con su tierra, ha preocupado especialmente por su efecto sobre la lagartija balear.
Los ríos y humedales, por su parte, son autopistas naturales: el agua arrastra semillas, larvas y fragmentos de planta aguas abajo. Y los jardines funcionan como puerta de entrada discreta, porque la mayoría de las plantas invasoras terrestres que hoy conocemos se plantaron primero con buena intención.
Una vez establecida, una invasión es cara y lenta de revertir. Por eso los expertos en especies invasoras insisten en que lo más eficaz es detectar pronto. Limpiar botas, redes y embarcaciones al cambiar de río o de embalse evita transportar semillas y larvas sin darse cuenta. Elegir plantas de jardín autóctonas, no soltar nunca una mascota exótica y avisar a las autoridades ambientales si se ve una especie sospechosa son gestos pequeños con efecto real.
Cuando la especie ya está asentada, se recurre a capturas, arranque manual, barreras o, en casos concretos, control biológico con enemigos naturales, siempre tras estudiar con mucho cuidado que no cree un problema nuevo. Hay éxitos documentados, sobre todo en islas pequeñas, donde se han erradicado ratas y cabras y la vegetación y las aves han vuelto a recuperarse.
El comercio mundial sigue creciendo, y con él las oportunidades de viajar a escondidas. El calentamiento del clima, además, permite que especies hasta ahora frenadas por el frío se establezcan más al norte o a más altitud. Todo apunta a que la lista de exóticas seguirá alargándose en las próximas décadas.
La respuesta frente a las especies invasoras también avanza. Se extienden los sistemas de alerta temprana, las listas de especies prioritarias y el análisis de ADN ambiental, que permite detectar a un invasor en una muestra de agua antes de que nadie lo haya visto. La ciencia ciudadana, con aplicaciones donde cualquiera puede subir una foto de un bicho o una planta dudosa, se perfila como una pieza cada vez más útil de esa red de vigilancia.
La entrada Especies invasoras: cuando una planta o un animal llega donde no debe se publicó primero en Ambientum Portal Lider Medioambiente.
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